CAP DE CREUS
Costa Brava, Girona

El Jefe del Diablo hablando por mí.

Por Román Aixendri
Vídeo y foto: Andrei Moldovan
Edición: Priscila Alegre



Aquí hace frío. Apenas puedo hablar. Casi no tengo ganas de hacerlo. Los bocadillos llenan mi cabeza como si fueran nubes, como si fueran pensamientos de una tira cómica. Voy dando saltitos como una langosta inofensiva y grácil. La blancura acompaña mi viaje.


Me imagino el paisaje blanco de este rincón, hijo de la Tramontana. Mis piernas son pinceles. Los colores son las ideas. Aquí arriba, en el viejo norte de Cataluña, en Cap de Creus existe la posibilidad de una isla, más bien de una Península. Huir del mundo, volver hacia uno mismo, aquí es posible. La Costa Brava en el horizonte y toda la pequeña tierra, a ojo de halcón, nos ayuda a ver la realidad como lo que es, intrascendente, atómica.


Un faro de cuento de hadas e inspirador de fantasías dalinianos, también seguramente de las de Albert Serra, se erige erecto todo propulsando su esperma lumínico hacia el mar. El mismo mar que remueve la espuma de donde nació Afrodita. Sensualidad, no sexo. Cap de Creus inspira tanto erotismo como ascetismo y recogimiento. Aquí hace frío, pero el cuerpo se hincha de calor cósmica.


Península que quiere desembocar en el agua, que anhela tirarse


al mar, en busca de la humedad salada. Imágenes oníricas y transeúntes a modo de postales. Recuerdos forjados a fuego lento.


Jefe del Diablo, posiblemente conocida así, por supersticiones o por su ambigüedad. Parque Natural, tierra salvaje. Demonios y sátiros saltando y bailando allí donde la razón no puede llegar a entender. Allí donde únicamente es posible entrar con los ojos cerrados o vendados.


Sin brújula ni reloj hago camino. Me llevo la historia conmigo. El Port de la Selva y La Selva de Mar evocan entornos indómitos de aroma a almeja. Circulo por estos en busca de la nada. Paso por Llançà y Cadaqués y también por Roses. Todo esto, nombres poéticos concebidos al oído de alguna marinera o marinero.


Una noche de luna llena, cautivado por la bohemia, debía emborracharse un capitán deseando sirenas. Soñando con coñac y meando desafiante estrellas todo subiéndose a la cresta de algún cerro escarpado. Un sueño de una noche de verano. Shakespeare y yo en Cap de Creus, hacia el infinito. No quiero hablar. La fascinación habla por mí. Yo no he dicho nada.





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