GIRONA, PASEO DE RONDA

Ciudad convertida en vals

Por Roman Aixendri
Video: Andrei Moldovan



No somos soldados pero paseamos las murallas. El andar sigue el ritmo de “Las cuatro estaciones” de Vivaldi. La presión sanguínea de los violines nos invita a ir rápidos. La luz del sol durante el otoño es imponente, excelsa aunque a su vez huidiza. Tan pronto se muestra en su momento de máximo esplendor como empieza a amenazar con esconderse entre las montañas.

Buscamos las alturas, los caminos de piedra que nos permitirán elevarnos por una ciudad que parece pintada al óleo por algún maestro de la luz. Girona está impregnada de los colores de cuadros como “El Beso” de Francesco Hayez o “La Magdalena pensante” de Georges de La Tour.

Plástica y elegante y de colores cálidos casi palpables, esta ciudad convertida en vals evoca musicalidad y dinamismo al mismo tiempo que tranquilidad solemne.


Allá la catedral inmensa bañándose al lado del sol de color anaranjado, aquí el Jardín de la Francesa que juega a ser el entorno de un cuento de hadas. Desde un mirador, en medio del paseo de la muralla, nos lo miramos. Es otoño pero la luz del sol lo impregna todo, momentáneamente, de eterna primavera.

“Tous les matins du monde”,pasearíamos por este camino de hormiguitas todas las mañanas del mundo. Por la memoria se escurre el libro de Pascal Quignard en que un gran músico se somete a la voluntad de la cruel melancolía. El motivo, la pérdida de su mujer. Las violas lloran, las violas chillan. Su arte, sin embargo, nos transporta al camino del dulce placer y el rozamiento de cuerdas nos acaricia el corazón. La memoria vuela ágil, como lo hacía Ícaro hasta que se topó con el sol. Descendemos a la realidad, un puñado de hojas se elevan suavemente, su danza nos fascina. Girona casi invierno.


Una huella sorda
de luz incandescente,
destilada de piedras
y de violines allá en el cielo.
Preñada la catedral de color
de los cuadros de Caravaggio.
Pinceladas de paisaje,
sueños de alguien como Goethe;
Hölderlin enviando cartas,
recibiéndolas Napoleón.
El mediodía quiere hacer la siesta,
el sol pintado por Sorolla,
las nubes por Velázquez
y la gente andando murallas,
enamorándose por los jardines.
¡Silencio que sale la luna!
Girona pintada al óleo,
será que se va a dormir.




Catedral de girona



Las escaleras de la catedral recuerdan a una sonata de Chopin. Tantas escaleras sólo pueden ser circuladas con la elegancia de una danzarina. Equilibrio y magnitud que nos llevan hasta un edificio trascendental y lleno de simbolismo. La puerta de los Apóstoles que alguien podría imaginarse con forma de vagina y que implicaría un regreso a los orígenes. Las gárgolas horizontalizándose para apartar los peligros o el ábside que se asemeja a una cascada de piedras invertida y que nos evoca el anhelo de tocar el cielo, junto con la torre de Carlomagno.

Luz besando arquitectura. Turistas a cámara lenta. Y allá en el fondo parece como si las farolas quisieran encenderse y otorgarle al paraje un estilo impresionista. Enredaderas agarrándose a edificios. Al otro lado de la muralla, sobre todo árboles y plantas beneficiándose de la humedad que les suele regalar la sombra.

Luz y vegetación también en los Jardines de los Alemanes, menguados ligeramente por la guerra del francés,


heroicos y ligeramente mutilados aguantando de pie. Edificios que se disfrazan de libros de historia y entre los nervios de los cuales alguien podría leer todos sus esfuerzos en los intentos por perdurar. Bancos de color azul y piedras que algún día amparaban lagos convierten el paraje en la antítesis de los “no-lugares” que tanto criticó Marc Augé. El entorno nos fascina, el recuerdo de un lugar que nunca antes habíamos conocido ahora se nos sienta delante nuestro.

La Virgen María y algunos Santos nos miran. Noche y día nos observan cándidos y benevolentes. Guarecidos de la intemperie pero expuestos al mismo tiempo podría ser que tuvieran ganas de salir a pasear. Gracias a un concierto de Mozart o de un Dalí pintando, San Juan Bautista se levantaría con mirada tímida y le ofrecería a la Virgen salir a bailar. Toda la noche desfilando como golondrinas ante la plaza de la Catedral. La oscuridad más tierna los escondería de las miradas furtivas, la mañana les pasaría por delante. De pianos y pinceladas Girona, ciudad se convertiría en vales.






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