SIURANA,
PIEDRA SOBRE PIEDRA SOBRE AIRE

Por Blai Rosés
Video: Andrei Moldovan


La leyenda habla de un castillo amurallado, de una fortaleza inexpugnable debatida entre moros y cristianos durante siglos. Rememora un centro de poder de la edad media, último baluarte del reinado musulmán en Cataluña. Aquella fue la gran batalla por Siurana, pero no la única. En el asalto final al castillo, cortadas ya todas las vías de suministro y ejecutado con pertinencia el asedio, ya derrotado el enemigo de los Condes Barcelona, se eleva la figura de Abd-el-Azia, una reina mora que sin abandonar la montura prefirió un salto al vacío del acantilado fatal, antes que rendirse a los pies de los cristianos. Esta es la leyenda que de boca a oreja ha ido atravesando el tiempo, curioso de distinguir tan sólo las migajas de la historia. Allí mismo donde dicen que saltó la reina, demasiado a menudo se precipitan desventurados que han perdido la fe. De la mítica fortaleza quedan unas ruinas que tan sólo insinúan la presencia de aquello que debía de ser el castillo. Las piedras están ahora repartidas entre márgenes de cultivo y casas de la villa. El magnetismo del vértigo persiste y más de cien mil escaladores cada año le rinden homenaje invirtiendo la caída, trepando por las agrestes paredes de caliza dolomita.

La roca plana de Siurana es un mirador natural frente a una tierra repleta de historias y prehistorias. Cuevas y simas donde pinturas rupestres nos llevan atrás cuatro mil años en el tiempo según el emérito Dr. Vilaseca. Guaridas de bandoleros durante la guerra del francés y más tarde de los vencidos en la guerra civil. Viejos molinos y aldeas hoy abandonadas testigos de otros tiempos. Hablan de refugiados cátaros venidos de Montsegur y matanzas obradas por esbirros de la inquisición habilitados por el conquistador por asuntos de faldas. Al oeste viñas y pueblos rodeados de viñas, el Priorat y su leyenda de gloria y miseria.

Y el Montsant, siempre el Montsant, antiguo y benevolente.

Rodeada de pinos, encinas y acebos Siurana permanece esbelta como una lengua de piedra roja y gris que, desacomplejada, rompe el espacio. Último acantilado al oeste de la Sierra de Prades, es un bancal de roca que conecta la Cataluña Vieja con el Ebro y más allá. Siurana es el extremo. Andar, para conocer hay que andar. Reseguir el barranco de la Foradada, bajar al río Siurana, remontar por el Molino de Candi y del Esquirola y los cortijos de Ribelles, cerca el Gorg hasta Febró. Escalar hacia la Moleta y el Portillo de Andreu. Guiarse al norte hasta la cumbre de la Gritella y contemplar los Pirineos. En las cercanías del pueblo, el Cortijo de la Barba y la encina milenaria, el barranco de Estopinyà y el templo natural de la Siuranella pintada de ambarino y ceniza. Paisaje en mayúsculas.

He visto franceses educados, de pie en el balcón del Portillo de la Cruz, estupefactos y boquiabiertos estirándose literalmente los cabellos, contemplando a la luz del atardecer la imponente silueta de Siurana. Plantada allí, solemne, sobre el espacio que lo envuelve. He visto señoritas de la city bajar de un taxi de Barcelona con zapatos de tacón haciendo rodar sus Samsonitte por el empedrado chillando en un inglés infantil such a wonderfull weekend. He visto berlinesas del este reencontrarse a sí mismas en la investigación de la belleza romántica de Goethe desprendiéndose de su alma tras una luna llena descomunal cayendo a plomo sobre la cresta sinuosa del Montsant. He visto el gigante durmiente acostado en las cumbres de Porrera contemplar la estrella de la tarde y el firmamento con una calma abismal. He visto la blanca Selene iluminar el paso de la Trona en noche de solsticio rodeado de hipsters rehuyendo la vigilia con la sintonía de Pale Blue Eyes de Lou Reed.

He visto bodas y fotógrafos, he visto manadas de rusos barrigudos y hambrientos, he visto enamorados prometerse la vida entera y a viudas sofisticadas esparcir las cenizas. He visto colas de coches buscando aparcamiento y el zumbido de la grazna de un domingo de ramos. He visto los últimos viejos del pueblo mirarme con ojos desconfiados sentados en bancos de piedra un día de cada día. He visto la presencia de algún ser extraño, poderoso. He visto Siurana de aquí a mil años. Yo la miro y ella me ignora.

El editor y escritor Joan Sales repicó su gran novela Incerta Glòria en su residencia de Siurana, ya muy entrada la dictadura. Todavía no había carretera y junto a los oriundos compartió discrepancias con un tal “El Belga”. Según dicen, nazi refugiado al amparo del régimen franquista. Fue la segunda gran batalla que os puedo narrar, la de la avaricia frente al sentido común. El Belga quería apoderarse del pueblo, mientras Sales y su mujer, consiguieron hacer la carretera y mantener viva la comunidad. Siurana fue el último pueblo de Cataluña en tener carretera en la única comarca todavía ahora sin ningún semáforo. Leyenda y más leyenda. Y yo me pregunto, ¿de qué fuentes bebe la leyenda? ¿De qué manera los lugares se cargan de este incierto magnetismo que los hace vibrar con una intensidad ineludible?

Abd-el-Azia, quizás nos lo pueda explicar. Con el corazón en la mano os explico con confianza que alguna vez me ha parecido verla en la plaza de Cornudella: ojos oscuros, piel morena y sedosa, cabello negro noche, labios tersos y mirada serena. Abd-el-Azia. El sonar de unas copas me devuelve de la fantasía, una mesa sonriente celebra el día con garnacha y cariñena, olivas arbequinas y longaniza.































Un agradecimiento especial a David
Brascó, Sergi Casademunt,
la señora María de L'Acàcia,
Anaïs Chauveau del Hotel
Siuranella
y Pau Escriu del
Restaurante Els Tallers










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